Gueto
Siempre sentí que no podía haber una sola forma de vivir, de querer, de despertarse, de morir. Al principio lo intuí, después tuve la certeza, más tarde llegó la curiosidad. Con la mochila como compañera, fui a buscar vidas distintas más allá de Ezeiza y del charco gigante.
Un día de diciembre del siglo pasado amanecí en Nairobi, capital de Kenia. Enseguida me contaron que en la ciudad se asentaba la villa miseria más grande del país, Mattare. La llaman Ghetto, porque allí no entran los policías, ni los negros de otros barrios, y mucho menos los blancos. Con una población de seiscientos mil habitantes, como Mar del Plata, y ubicada entre un manicomio y una lujosísima cancha de golf, no pasó mucho tiempo hasta que decidí que tenía que arreglármelas para entrar. En el grupo de extranjeros con el que estaba empezaron a borrarse. “No vine tan lejos para ver pobres”, me dijo un yanqui cuyas únicas diversiones eran dormir de día y emborracharse de noche, y que creía que la gran aventura africana era probar carne de jirafa en un restaurant. “Nos van a robar, y quizás nos maten”, exageró el colombiano que soñaba con ser marine. Sólo tres, y argentinos, nos animamos a entrar. Contactamos a uno de los líderes de la villa y, por una propina, nos hizo de guía. Después de cruzar un arroyo sucio por una madera, ahí estábamos.
Lo primero que me llamó la atención fue el barro. El piso era de barro, en el que los pies se hundían hasta el tobillo. Las paredes de las casas eran de barro, y hacían parecer un lujo a las chapas de nuestras villas bonaerenses. El barro fue lo primero, sí, pero después me sorprendió la alegría con la que nos recibieron. Mucha de la gente del Ghetto, especialmente los chicos, nunca habían estado tan cerca de un blanco, y venían corriendo a tocar nuestra piel y nuestro pelo gritando: “¡musungu, musungu!”, blanco en swahili. No éramos extraños invadiendo su terreno, sino invitados. Gracias a que la mayoría habla inglés, (la comida no llega, pero la colonización, sí), pudimos entendernos. “Vengan a mi casa”, nos recibió una señora de pañuelo florido en la cabeza, y nos ofreció el único pedazo de pan que había en su mesa. “Bienvenidos a mi hogar”, nos dijo nuestro guía, y nos presentó a su mamá y hermanos. Mientras caminábamos, entre metros y metros interminables de casitas de barro y madera, nos ofrecían pan y cerveza casera, y teníamos las manos envueltas en manitos cariñosas, porque los chicos estaban encantados con los “musungu” y no se nos despegaban.
Cuando nos acercamos a una iglesia, el único edificio de ladrillos del barrio, un chiquito de unos ocho años me dijo con su sonrisa blanca: “Musungu, ésta es nuestra iglesia”. “¿Y qué hacés en la iglesia?”, le pregunté, como para seguir la conversación. “Hablo con Dios”, me dijo. “¿Qué le decís a Dios?”, curioseé. “Le agradezco todo lo que me da”, contestó, y me dejó sin palabras. Un chiquito descalzo, con la ropa rota, los pies hundidos en el barro y su manito agarrada a la mía, acababa de cambiarme para siempre.

2 Comments:
Wow, me encantó Anki, es increible q hayas pasado este tipo de cosas en lugares tan remotos, debe ser una experiencia copada
Un abrazo, me gusta tu blog
6:29 AM
¡Gracias! Igualmente, el tuyo está muy bueno.
2:03 PM
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