"La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie." José Martí

Saturday, April 26, 2008

De Pravda a Cosmo

Un día, Ella se quiso bañar en casa de Él. Pero como Ellos se dan cuenta de que tienen pelo recién cuando –con preocupación- notan que ya no tienen tanto, su shampoo no era digno ni de llevar ese nombre en la etiqueta. Si tuviera alguna. Quiso satisfacerla, Él. Y metió la pata.

Feliz, Él trajo en sus manos la solución: era un shampoo anticaspa. Ella no tenía caspa. Era un shampoo Sedal; Ella no elegiría un Sedal ni aunque fuera la única opción posible. Era el shampoo de otra Ella, de una Ella anterior, que tenía caspa y elegía Sedal. Ella prefirió la pócima masculina sin etiqueta.

Los potes rosas aparecieron esa misma semana: Ella llevó su par Elvive, divino, flamante: shampoo y crema de enjuague, para pelos brillantes y sedosos, para pelos femeninos y sin caspa. Cada baño en casa de Él fue sentirse como en casa. La ventana seguía abierta en invierno y el lavatorio aún no andaba, pero Ella, qué placer, tenía su shampoo.

El día que Ella y Él terminaron, Él le trajo una bolsa con la remera negra, la mini y las sandalias, pero sin el shampoo. ¿Tanto lío por un shampoo? ¿Cuánto cuesta, cinco pesos? No, no cuesta cinco, cuesta como doce, pero ese no es el hecho. El hecho es que es mi shampoo, dijo ella. Lo que no dijo es que la imagen de la próxima Ella usando sus potes rosas le resultaba insoportable. Bastante tenía con entregarle a Él. El shampoo para pelos sedosos, no. Que use el anticaspa.

Para Ella llegó, al tiempo, otro Él. Un Él sin promesas, sin futuro, pero con shampoo. Marca Sedal, y para pelo negro. Ella lo probó una vez y fue suficiente para tomar la decisión: ataduras no tengo, pero pelo negro, tampoco. Que vengan los potes rosas. Y allá fueron, como dos corceles al rescate.

La primera señal fue un comentario. Mis amigos dicen que si dejaste el shampoo te vas a instalar. Quedate tranquilo que no. En casa tengo otro.

La segunda señal fue un atentado. Ella se quiso lavar la cabeza, y el shampoo había desaparecido. Lo encontró escondido, humillado, víctima inocente del miedo al compromiso, debajo de la cama.

Se fue esa mañana con sus potes rosas en la mano, y no volvió más. Si no hay lugar para mi shampoo, no hay lugar para mí.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

En mi casa, siempre habrá shampoo Elvive rosa para ella. Porque amo a ella. Todo lo que es, lo que hace, lo que siente, lo que piensa, lo que me inspira, lo que escribe, lo que dice, lo que calla, lo que ríe...Ella es el motivo de mi felicidad pleno, de volver a creer en el amor de una mujer. Ella me completa, me seduce, me calma. Ahí está el Elvive rosa en el baño de mi casa. Pero ella está en todos lados. En todas partes. En toda mi vida.

1:42 PM

 

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